El frío imposible: dónde instalamos la computación que no podemos refrigerar

Criostato cuántico conectado visualmente con un centro de datos submarino y una infraestructura orbital.

Cada vez que una persona genera una imagen, conversa con un asistente o pide a un modelo que analice miles de documentos, la petición viaja hasta un centro de datos. Allí no ocurre nada inmaterial: filas de servidores consumen electricidad, ejecutan millones de operaciones y liberan calor. Cuando aumenta la capacidad de cálculo, también lo hace la infraestructura necesaria para evitar que las máquinas reduzcan su rendimiento, se deterioren o se apaguen.

Esta presión térmica ayuda a entender por qué algunas empresas han sumergido servidores en el océano y por qué otras estudian instalarlos en órbita. También explica las enormes estructuras doradas que aparecen en las fotografías de los computadores cuánticos. Las tres imágenes suelen reunirse bajo una misma idea —buscar un lugar más frío—, aunque responden a problemas físicos muy diferentes.

Los centros de datos que ejecutan inteligencia artificial trabajan con chips convencionales de enorme potencia. Un computador cuántico, en cambio, intenta aprovechar fenómenos de la física cuántica para resolver determinados cálculos. Los primeros necesitan retirar grandes cantidades de calor de manera continua; algunos de los segundos necesitan crear, dentro de un laboratorio, un entorno situado a unas pocas milésimas de grado por encima del cero absoluto.

El calor convierte la inteligencia artificial en un problema industrial

Un centro de datos reúne servidores, sistemas de almacenamiento, redes y equipos eléctricos. En las instalaciones dedicadas a IA se añaden grandes concentraciones de GPU, procesadores diseñados para realizar muchas operaciones en paralelo. La densidad importa: no basta con disponer de electricidad; hay que llevarla hasta cada equipo y evacuar después el calor generado en un espacio muy reducido.

La Agencia Internacional de la Energía (IEA), organismo intergubernamental que analiza los sistemas energéticos, estima que los centros de datos consumieron alrededor de 485 TWh en 2025 y podrían acercarse a 950 TWh en 2030. Un teravatio-hora equivale a mil millones de kilovatios-hora. La cifra global muestra la magnitud del crecimiento, pero el conflicto suele aparecer a escala local: una instalación puede requerir una conexión eléctrica comparable a la de una actividad industrial y refrigeración disponible las 24 horas.

El aire acondicionado tradicional empieza a resultar insuficiente en los equipos más densos. Por eso se extienden los circuitos que llevan líquido frío hasta el propio chip y los sistemas de inmersión, donde la electrónica se introduce en un fluido que no conduce electricidad. Elegir una solución modifica el consumo de agua, la demanda eléctrica, el mantenimiento, el espacio ocupado y la posibilidad de reutilizar el calor residual.

La búsqueda de entornos alternativos nace de esa ecuación. El océano ofrece una temperatura relativamente estable y una masa de agua capaz de recibir calor. El espacio brinda acceso potencial a energía solar y superficie fuera de las ciudades. Ninguno elimina la factura térmica; cada uno cambia la forma de pagarla.

El computador cuántico necesita fabricar su propio invierno

La computación cuántica afronta un problema distinto. Mientras un ordenador corriente representa la información mediante bits que valen 0 o 1, un procesador cuántico utiliza qubits. En determinadas plataformas, estos componentes pueden mantener una combinación de estados antes de ser medidos, una propiedad que permite diseñar algoritmos diferentes a los convencionales.

Ese estado es extraordinariamente frágil. Una vibración, una interferencia electromagnética o una pequeña cantidad de calor puede alterar el qubit y provocar decoherencia: la pérdida de la información cuántica que el sistema trataba de conservar. Por esa razón, los procesadores basados en circuitos superconductores no se enfrían con ventiladores ni con agua marina.

Se alojan dentro de un criostato, la gran estructura cilíndrica y escalonada que suele rodear al chip en las fotografías. Su misión consiste en aislarlo mediante vacío y sucesivas pantallas térmicas. En el interior, un refrigerador de dilución hace circular una mezcla de helio-3 y helio-4 para extraer cada vez menos calor hasta alcanzar el régimen de los milikelvin, es decir, milésimas de kelvin.

El sistema experimental Goldeneye de IBM permite visualizar la escala de esa operación. Pesa unas 6,7 toneladas, ofrece aproximadamente 1,7 metros cúbicos de volumen experimental y alcanzó unos 25 milikelvin, cerca de −273,125 °C. El reto no consiste únicamente en enfriar el procesador. Cada nuevo qubit necesita señales, cableado y electrónica de control que comunican el interior con el exterior y, al mismo tiempo, pueden introducir calor y ruido.

Esto aclara una confusión frecuente: llevar un computador cuántico al fondo del mar no resolvería su refrigeración. Incluso el agua polar está cientos de grados por encima de la temperatura que requieren los qubits superconductores. Los módulos submarinos conocidos contienen servidores convencionales, algunos preparados para cargas de IA; la criogenia cuántica sigue dependiendo de instalaciones terrestres muy controladas.

La cápsula que Microsoft dejó dos años bajo el mar

En 2018, frente a las islas Orcadas, Microsoft descendió hasta unos 36 metros de profundidad un cilindro blanco de doce metros llamado Northern Isles. Dentro viajaban 12 racks y 864 servidores. Era la segunda fase de Project Natick, un experimento concebido para averiguar si un centro de datos sellado podía funcionar cerca de poblaciones costeras sin recibir mantenimiento presencial.

El módulo permaneció dos años conectado a la red eléctrica y a la fibra óptica. Los servidores no estaban en contacto con el agua salada: el interior contenía nitrógeno seco y un circuito cerrado trasladaba el calor hasta un intercambiador, que finalmente lo cedía al mar. El océano actuaba como sumidero térmico, del mismo modo que el aire exterior o una torre de refrigeración cumplen esa función en tierra.

Cuando recuperó la cápsula en 2020, Microsoft comunicó que la tasa de fallos había sido una octava parte de la registrada en un centro terrestre comparable. La ausencia de oxígeno y humedad corrosivos dentro del módulo, junto con la falta de manipulaciones humanas, ofrecía una explicación plausible.

El resultado demostró que la idea podía funcionar técnicamente, aunque dejó intacta una dificultad importante: nadie puede entrar a sustituir una pieza durante la operación. Los cables y el sellado deben resistir años; la carcasa exterior sigue expuesta a corrosión; y el efecto del calor, el ruido y la ocupación del fondo marino debe medirse durante toda la vida del proyecto.

China avanzó desde el ensayo hacia la explotación. Hainan opera un centro de datos submarino comercial desde 2023 y en 2026 entró en servicio frente a Shanghái un proyecto conectado a energía eólica marina, con 24 MW de capacidad planificada. El mar permite reducir el uso de suelo y agua dulce, pero obliga a pensar el mantenimiento por módulos: cuando algo falla, puede resultar más viable recuperar una unidad completa que enviar técnicos al fondo.

El espacio parece frío hasta que hay que expulsar el calor

La órbita ofrece una imagen todavía más seductora: servidores alimentados por energía solar, alejados de la presión sobre el suelo y las redes eléctricas terrestres. El estudio europeo ASCEND ha examinado esta posibilidad y, en febrero de 2026, la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos (FCC) aceptó a trámite una solicitud de SpaceX relacionada con un sistema de centros de datos orbitales.

La FCC regula las comunicaciones por radio, cable y satélite en Estados Unidos. La aceptación del expediente significa que su Oficina del Espacio puede estudiarlo y recibir comentarios; no equivale a una autorización de despliegue ni demuestra que el proyecto sea técnica o económicamente viable.

Además, el espacio no enfría como un congelador. En la Tierra, el aire o el agua se llevan parte del calor por convección. En el vacío no existe un fluido alrededor del equipo que pueda hacerlo. Una instalación orbital debe convertir el calor en radiación infrarroja y emitirlo mediante grandes superficies radiantes. Cuanta más electricidad utilicen los procesadores, mayor deberá ser la superficie de esos radiadores o mayor la temperatura a la que funcionen.

A este problema se suman la radiación ionizante, los residuos orbitales, el lanzamiento, la reparación de averías y la transmisión de enormes volúmenes de datos. La energía solar puede mejorar una parte de la ecuación, pero no evita que casi toda la electricidad consumida termine convertida en calor.

La ubicación cambia el problema, pero no lo elimina

El criostato de un computador cuántico protege estados físicos extremadamente delicados. Un centro submarino desplaza el intercambio térmico hacia el océano y acepta a cambio un mantenimiento complejo. Una instalación orbital tendría que desprenderse del calor mediante radiadores y justificar costes de lanzamiento, comunicaciones y reparación todavía inciertos. Compararlos solo por su temperatura exterior conduce a una conclusión equivocada: cada tecnología necesita controlar una clase distinta de calor y opera a una escala diferente.

Para las empresas, esta dimensión física ya forma parte de la decisión tecnológica. Contratar capacidad intensiva en IA exige preguntar por la disponibilidad eléctrica, el consumo de agua, la redundancia, la ubicación de los datos y el coste real de cada carga. En computación cuántica conviene separar el acceso experimental a través de la nube de una ventaja demostrada para un problema empresarial concreto.

La infraestructura también condiciona cómo saber si una inteligencia artificial es fiable. Un modelo puede ofrecer buenos resultados y, aun así, depender de una instalación expuesta a restricciones de energía, refrigeración o disponibilidad.

Conclusión

No existen computadores cuánticos operativos bajo el océano ni en órbita para enfriar sus qubits. Sí existen criostatos terrestres de varias toneladas, centros submarinos comerciales y propuestas orbitales sometidas todavía a evaluación.

Todos revelan el mismo límite material: aumentar la capacidad de cálculo exige controlar la energía que entra y el calor que sale. A veces la solución utiliza helio, otras agua de mar y otras necesitaría radiadores desplegados en el espacio. La computación puede parecer abstracta en una pantalla, pero su crecimiento depende de decisiones físicas, industriales y ambientales muy concretas.

Fuentes de investigación

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